Salvando estrellas

Entré en la reunión trimestral con el comité de dirección; los primeros dos días de reunión les tocaba presentar a los responsables de ventas y negocio; el último día quedaba reservado para las funciones (nosotros los ‘business partners’) para hablar de calidad, marketing, supply chain y, como no, de recursos humanos.

Como responsable de recursos humanos tenía cien nuevos procesos que presentar al comité: procesos de evaluación del desempeño, procesos para mejorar el compromiso, procesos para detectar y retener nuestro talento… hasta procesos para tener un equipo más diverso y multicultural.

Mis compañeros esperaban la presentación con una sonrisa amable, aunque no detecté entusiasmo por ningún lado. ¡Será que llevábamos casi tres días inmersos en números y procesos! De repente allí me vi, delante del comité, explicando un cuento Sufí que escuché hace muchos años.

El cuento – Salvando estrellas

Una mañana un hombre, paseando por la playa, se sorprendió al ver cientos de estrellas de mar sobre la arena. Se entristeció al verlas, pues sabía que esas estrellas no podrían vivir fuera del agua. Pensó que no podía hacer nada para salvarlas y siguió andando.

A los pocos minutos vio a lo lejos una niña; ésta no paraba de correr de un lado para otro: de la orilla a la arena, de la arena a la orilla.

El hombre se acercó y dijo: -Hola niña ¿Qué haces corriendo de aquí para allá?

La niña le miró y convencida contestó: – ¿No lo ves? Estoy devolviendo las estrellas al mar para que no se mueran.

-Sí, ya lo veo – contestó el hombre – Pero hay cientos de estrellas en la arena y jamás podrás salvarlas a todas… tu esfuerzo no tiene sentido.

La niña se agachó, cogió una estrella que estaba a sus pies y la lanzó con fuerza al mar.

Para esta estrella, sí que ha tenido sentido- terminó.

No tengas miedo a la oscuridad

Recuerdo de pequeña el miedo que me daba apagar la luz de la habitación y quedarme a oscuras. En mi cabeza se amontonaban imágenes de vampiros y monstruos rifándose la posibilidad de morderme, raptarme o qué se yo.

Ya de adulta el miedo me sigue de cerca, aunque quizás mis ojos ya están más acostumbrados a ver cuándo no hay luz.

Estos últimos meses he tenido la oportunidad de hablar con varios amigos y colegas de trabajo y, en muchas de las conversaciones, el miedo a la oscuridad aún salía reflejado. Aunque la oscuridad en estos casos ya no era una habitación sin luz; era más el no saber qué va a pasar, el desconocimiento de lo que nos depara, lo desconocido. Y los monstruos ya no tenían colmillos; se parecían más a ‘quedarme sin trabajo’, equivocarme y no poder volver atrás’, ‘defraudar y estar solo’ y muchos animalejos más de la misma familia.

Y eso da miedo. Cuantas veces el corazón nos dice que saltemos al vacío y la cabeza nos recuerda que el vacío da miedo…

Durante mis años estudiando psicología hablamos mucho del miedo, algo emocionalmente tan intenso que puede llegar a condicionarnos e influirnos de maneras insospechadas. Y últimamente, más con la situación que estamos viviendo en Europa, éste se ha convertido en una de nuestras peores enfermedades.

Pongámonos en un ambiente laboral y pensemos en qué reacciones podemos ver ante el miedo:

  • Huir: cuantas veces nos hemos excusado o autoconvencido de que no podíamos hacer algo nuevo? No, yo no sirvo para esto; no, yo no sé hablar en público…
  • Atacar: has vivido la experiencia de tener un compañero o jefe que te pisa por miedo a quedarse atrás?
  • Quedarse inmóvil: quizás una de las reacciones más comunes: mejor me quedo como estoy, no sea que el tiro me salga por la culata; mejor paso desapercibido y así no se meten conmigo; mejor olvido mis sueños porque quedándome donde estoy puedo pagar mis facturas.

Quizás lo más difícil y el primer paso para superar nuestros miedos es DARNOS CUENTA de que tenemos miedo; darnos cuenta de que la oscuridad aún nos asusta.

Sólo viendo a nuestros monstruos cara a cara podremos ver cómo hacerlos pequeños, cómo ponerlos de nuestra parte o cómo hacerlos desaparecer.

Como dijo Nelson Mandela:

No es valiente quien no tiene miedo, sino quién sabe conquistarlo’.

A.C.G

Yo me quedo en el pueblo

Empezaban las vacaciones y me dispuse a hacer las maletas; me iba unos días al pueblo, un lugar de menos de cien habitantes en lo alto de una montaña donde, con suerte, encuentras un poco cobertura para revisar el correo y mirar tus whatsapps.

En la maleta puse mi ropa interior, mis pantalones Quicksilver, aquel vestido que me compré en NY, algunas prendas de más y mucha de la soberbia de una persona de ciudad que va a un pueblo de ganaderos.

Llegamos y nos fuimos directos a comer a casa de uno de los cincuenta primos y tíos que tenemos aquí. Curioso, pues empezamos comiendo seis personas y terminamos más de veinte en la mesa. Todos venían a saludar a ‘los primos de la ciudad’, y todos eran más que bienvenidos a una mesa en la que parecía que, aún sin avisar ni reservar con una semana de antelación, la comida llegaba para todos.

Hablamos de muchas cosas; yo les explicaba mis viajes a China, la importancia de tener un buen perfil en Linkedin, el proyecto de ‘engagement’ en el que he estado trabajando últimamente… ellos me miraban con cara de no entender.

Ellos me hablaban de la cosecha, de las fiestas de su pueblo, de la tranquilidad de vivir en el monte, de cómo ven crecer a sus hijos porque no tienen guarderías, de cómo terminan de trabajar agotados físicamente a media tarde y se ven todos en el bar del pueblo… yo lo escuchaba con una envidia que no podía entender.

De repente uno de la mesa dice: ‘Con todo lo que has estudiado y viajado, seguro que sabes mucho! Ya ves, yo sólo soy lo que soy, sin más’.

Yo me quedé sin palabras y me descubrí pensando en cuánta de la gente con la que trabajo cada día – incluida yo misma – son lo que son o son simplemente máscaras, imágenes de lo que quieren aparentar ser.

Y así pasamos el resto de los días: paseando por el río, visitando el embalse, descubriendo los rincones del pueblo, comiendo mucho y hablando más. En un sitio tan pequeño había tantas cosas que hacer y que comentar que ni siquiera reparé en que hacía ya una semana que andaba sin cobertura. Y tan feliz!

Ahora estoy haciendo la maleta otra vez, pues mañana volvemos a casa.

Ya he guardado el vestido de NY, los pantalones, ropa interior y demás; lo que no encuentro por ninguna parte es la soberbia, aquella que me hacía pensar que yo sabía más que ellos por vivir en una gran ciudad.

En lugar de soberbia se viene un gusanillo conmigo; uno que me habla bajito y me recuerda cuánto nos queda aún por aprender de los primos del pueblo.

A.G.C